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(EEUU, 21-01-2026 / Prensa- CPSA).- Alrededor de 900 protestas pacíficas han estallado simultáneamente de costa a costa en Estados Unidos. La jornada, denominada «Free America Walkout», marca un punto de inflexión en el rechazo masivo a la agenda de Donald Trump, tras un año de mandato que ha golpeado con especial dureza a comunidades inmigrantes, familias de bajos recursos y sectores vulnerables.

La magnitud de las concentraciones refleja una sociedad civil que, lejos de la resignación, ha decidido tomar los espacios públicos para denunciar una deriva autoritaria que ha fracturado el tejido social del país.

Desde las 14:00 horas, miles de ciudadanos respondieron al llamado a la desobediencia civil, abandonando sus puestos de trabajo, escuelas y comercios en un acto de resistencia coordinada. El objetivo de la jornada no es solo protestar, sino interrumpir activamente las rutinas cotidianas que sostienen el sistema actual, enviando un mensaje contundente contra los métodos de fuerza y el aislamiento diplomático que hoy caracterizan a Washington. Para los organizadores, la premisa es clara: una «América libre» solo es posible cuando la ciudadanía deja de cooperar con prácticas que califican de fascistas y represivas.

El despliegue ciudadano ha sido la respuesta directa a un clima de creciente militarización y vigilancia masiva. Los manifestantes denuncian una escalada en las redadas comunitarias y una política de separación de familias que ha sembrado el miedo en el corazón del país. En este contexto, la movilización de hoy se ha convertido en un espacio de organización y apoyo mutuo, donde se cuestiona el uso del miedo como herramienta de control social por parte de una administración que, a un año de su inicio, parece haber priorizado la represión sobre el bienestar ciudadano.

El costo social y económico del «segundo año» de Trump

La indignación en las calles se ve respaldada por un deterioro evidente en los indicadores de calidad de vida y en la percepción pública. Un rotundo 58% de los estadounidenses considera que el presidente se ha concentrado en prioridades equivocadas, traicionando la promesa electoral de estabilizar la economía doméstica. La realidad económica contradice el optimismo oficial: el crecimiento apenas supera el 2%, mientras que la inflación roza el 3% y el desempleo ha escalado hasta el 4,6%, alcanzando su nivel más crítico desde el año 2020.

Este descontento económico se entrelaza con un rechazo mayoritario a la gestión migratoria. Encuestas recientes revelan que seis de cada diez ciudadanos califican de excesivo el uso de la fuerza por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). La narrativa de seguridad nacional impulsada por la Casa Blanca no ha logrado convencer a una mayoría que ve con alarma la deshumanización de los procesos fronterizos y el impacto psicológico en las comunidades locales ante la presencia militarizada en las ciudades.

La crisis humanitaria se traduce en cifras alarmantes que han movilizado a sectores antes silenciosos. En los últimos doce meses, más de 600.000 personas han sido deportadas forzosamente, mientras que el clima de hostilidad ha empujado a cerca de 1,9 millones de residentes a abandonar el país de manera «voluntaria». Estas estadísticas han alimentado la convicción de los manifestantes de que la actual política migratoria no es solo un asunto administrativo, sino un ataque frontal a la diversidad y la estabilidad demográfica de la nación.

Hacia una resistencia ciudadana coordinada y permanente

La jornada del «Free America Walkout» ha trascendido la simple manifestación de descontento para convertirse en una plataforma de servicios comunitarios y redes de protección. A lo largo de las 900 movilizaciones, se han establecido puntos de encuentro para organizar la defensa legal de inmigrantes y sistemas de apoyo para familias afectadas por las recientes redadas. Este enfoque pragmático busca construir una infraestructura de resistencia que pueda sostenerse más allá de las protestas de este martes, preparándose para lo que los activistas describen como una lucha de largo aliento.

El aislamiento global de Estados Unidos también ha sido un tema recurrente en los discursos de hoy. Los ciudadanos han expresado su preocupación por cómo la retórica de Trump ha erosionado las alianzas históricas y ha dejado al país al margen de los consensos internacionales. El sentimiento compartido en las plazas es que el autoritarismo interno tiene un correlato directo en la pérdida de prestigio externo, lo que debilita la posición de EE. UU. en un mundo cada vez más multipolar y menos dispuesto a aceptar imposiciones unilaterales.

Al cierre de esta jornada histórica, el mensaje enviado desde las calles es de unidad frente a la división. La movilización masiva ha demostrado que existe una mayoría social que rechaza la «ley del más fuerte» y que exige un retorno a la gobernanza basada en los derechos humanos y la estabilidad económica. La sociedad civil estadounidense ha dejado claro que la soberanía no reside en la figura presidencial, sino en la capacidad de un pueblo para decir «no» a políticas que amenazan su propia esencia democrática.

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